lunes, 10 de noviembre de 2008


De la hostia, la sangre y la arboleda.

Autor: Francisco Andrés Escobar.


fragmento

III

Usted, mi don Ignacio, era otro padre:

padre de quien no tiene más que sueños,

padre de quien no habla porque el miedo

le cercena la voz, le mata el gesto.

Usted, mi don Ignacio, era otro padre:

padre de estos eriales y senderos

donde, escasa la luz y corto el verbo,

el mal se ensaña entre los más pequeños.

A usted, mi padre Ignacio, no lo oyeron.

A usted nos lo mataron... así... en seco...

y hoy nos queda esta sangre barboteante...

¡y una gran pesadumbre en la arboleda!

Usted dejó su España, don Ignacio,

y optó por el dolor de esta otra tierra.

Y aquí, mi gran rector, en este insomne

país de las insidias y violencias,

país de las conjuras y denuestos,

- ¡¡país simiesco de alarido y miedo!!

usted su verbo iluminado

y en sangre dio su aurora más cimera.

Usted vino con Rahner y Zubiri

acobijados en morral de sueños.

Y buscó interpretar las realidades,

e imponer la razón como criterio

para encarnar de Dios su mandamiento

de empezar en la historia el alto Reino.

Usted, mi don Ignacio - el Unamuno

de esta su Salamanca que acompaña

la pasión y la sed salvadoreñas -

se internó en la verdad más dolorosa,

descendió a sus raíces más primeras,

y luego la entregó como maestro,

o la vertió en palabras de profeta.

Usted hubo de habérselas, maestro,

con la ciega corriente de los odios

donde luchan los hombres por poderes

colocados en márgenes opuestos.

Y allí quiso mediar. Y confundieron:

vieron la espina en el lugar del beso.

Y en vez de aprovechar su augusta estirpe

para ordenar "la patria mal vivida"

- Como dice otro grande entre poetas -

trajeron a la muerte por consorte,

cegaron con el odio su ojo ciego,

y en la noche de sombras y alaridos

fundieron la esperanza en el silencio.

IV

Usted reposa ahora, don Ignacio,

con Amando, el arcángel consejero;

con la "fe y alegría" de aquel Lolo;

con Segundo, el de barbas de dios Zeus.

Con Pardito, silente y laborioso

que alcanzó a Dios en su correr eterno;

y con Nacho, consciencia inquisitiva

que ha de encuestar los ángeles del cielo.

Allí descansan de este rudo tiempo

de congoja, dolor, llanto y miseria,

y desde el gran martirio atribulado

defienden a la vida en esta tierra.

Elba y Celina, lirios de este pueblo,

reposan más allá de su silencio:

ellas volvieron a su lar amable

a dormir en la tierra primigenia.

Yo voy a recordarlo, don Ignacio,

con su paso sereno en la arboleda,

con la hidalguía del perfil altivo

con que viste el Creador al intelecto.

Con sus manos ungidas en aceite

votivo de las hostias y las letras.

Con sus ojos certeros y aguileños,

con la razón de escudo sobre el pecho

y el inflamado acento sobre el verbo.

Así habrá de vivir, mi padre Ignacio,

alumbrando las voces y el silencio,

iluminando inviernos y veranos

de esta casa que es suya, de este tiempo

cuando el fragor oscuro de la sangre

la paz responda con celestes ecos.

V

¿Qué más puedo decirle, don Ignacio?

¿Qué la luz de la tarde besa el muro

con el perdón del beso comprensivo?

¿Qué furor por furor no es justa vía

para aplacar daimones y delirios,

y que debe brillar, sereno y limpio,

el justo sol, en su alma tan querido?

Los brazos de la cruz, en el ocaso,

extienden ambiciosos sus dominios

con el perdón por lanza y por espinas...

... Debo irme pastor... padre... maestro...

para seguir andando los caminos

que llevan al amor y a su ancho alero.

Adiós... y gracias... por palabra y vida...

Gracias... por el martirio sacrosanto...

Quede con Dios. El lava sus heridas.

¡Adiós, mi gran rector, mi don Ignacio!