domingo, 15 de noviembre de 2009


LUCTUOSA

La pérdida de mi hermano Carlos Briones

Desde que éramos niños
jugábamos a saber.
Carlos era el sabio loco
y yo algo así como super niña
pasábamos largas horas
inventando fórmulas para salvar al mundo.
Crecimos entre libros
mi primer acercamiento a la literatura
fue por la envidiable colección
de mitología vikinga
que papá le había regalado, por
la que aprendí a leer antes del kinder.
Juntos enfrentamos el primer miedo a perdernos
una mañana en que nuestros padres salieron
y yo tuve hemorragias, pues inicie en la infancia
problemas gastrointestinales.
El me cuidaba como si fuera a quebrarme
me quitaba con palabras, juegos y caricias los temores.
Cuando la casa dejó de ser hogar
enjugó mis lágrimas al dejar Nicaragua.
Nuestro mundo debió recomponerse, ampliarse, asimilarse.
Entonces lo compartí con los primos salvadoreños
sus cheros y hermanos, siendo parte de un mundo varonil
al que me acostumbre rápidamente.
Nos llegó la adolescencia con sus crisis
él se hizo rebelde, yo medio hippie
y sin embargo juntos disfrutábamos Santana,Yellow Submarine
o mis bailes a lo Joe Cocker, más las amistades comunes
donde se nutrieron los amores primeros.
La época universitaria fue crucial en nuestras vidas
en El Salvador hervía un río de injusticias y represión
que obligaba a discusiones y decisiones
hasta que la vorágine tocó a nuestro hermano Ricardo
primera víctima militar del conflicto,
como si fuera culpable de actos que jamás cometió
cercenando una de sus piernas.
Fue en el hospital, velando por su vida,
que tuvimos la primera separación con Carlos
pues él conocía mis ideales y con dureza me decía
que una causa justa no debía arrastrar injusticias.
Año terrible aquel para mi madre
que tuvo que ver al mayor de sus hijos mutilado
y a la menor, la niña, capturada.
Ricardo salvó mi vida a cambio de que abandonara el país.

Mi última noche en San Salvador
Carlos y los amigos trajeron serenata, toda la noche
para espantar la tristeza.
Abrazados lloramos cantando el Sapo Cancionero.
Camino al aeropuerto me llenó de consejos
para enfrentar el mundo con mi corazón infantil
hecho adulto a la fuerza, me decía.
El exilio es dura escuela
nuestros pasos siguieron distintos caminos.
Años después, ya él joven economista de MIPLAN
iría a recoger en la Troncal del Norte
a su hermana volviendo de Chalate.
Suplió con vitaminas el hambre que traía
y sin miedos o prejuicios me presento en su mundo.

Éramos tan hermanos que decidimos casarnos
con una semana de diferencia antes de su viaje a Francia.
A su regreso encontró a Karla
sobrina y ahijada con quien estrenó sentimientos paternales.
Para la ofensiva del 89
embarazada de mi hijo Edgardo
nos refugiamos en su casa.
Allí recibimos la terrible noticia del asesinato de Ellacu
y los otros mártires jesuitas
intentamos consuelo en un abrazo hondo, dolorido, inverosímil.
Mi parto se adelantó, la vida del bebé estaba en riesgo
su corazón generoso rápido se puso en disponibilidad.
Me fui a Australia, esta vez con los hijos, esta vez con más pena.
Los Acuerdos de Paz, trajeron esperanza,
retornaron mis pasos.

Nuestras ópticas, nuestros mundos ancharon el espacio entre ambos.

Hasta que le nacieron Carlos y Andrés, culmen de su felicidad,
prioridad en su larga agenda de libros, estadísticas, viajes, conferencias
sus hijos, nuestra familia, el núcleo donde compartíamos, discutíamos
y donde esperábamos con abrazos y buenos deseos cada nuevo año.



Por qué entonces Carlos te has ido así con tanta prisa
por qué me has dejado en la mitad de esta nueva historia
huérfana, vacía, sola.
Por qué no hubo el tiempo suficiente para los besos
que a los Briones nos cuesta dar.
Por qué estalló tu sangre, mi sangre
y todos los rincones se pueblan de tristeza.
Quién nos arrebató la risa
nos cortó los sueños
Por qué tantas interrogantes
que no me dan respuesta ni consuelo
por qué hermano
por qué?

Marisol Briones