viernes, 14 de enero de 2011

Rafael Lara Martínez, Mitos en la Lengua Materna de los Pipiles de Izalco


Hacia una literatura y filosofía náhuat-pipil

Rafael Lara-Martínez


(New Mexico Tech, soter@nmt.edu)
Desde Comala siempre…

Hace ochenta años, previa a toda globalización actual, existía una antropología globalizada. Uno de los pioneros de la antropología estadounidense, Franz Boas, financió el viaje del alemán Leonhard Schultze-Jena a El Salvador, en el verano de 1930. El mismo Boas era profesor de Manuel Gamio, uno de los fundadores de la antropología mexicana. Del cuadrilátero internacional —Alemania, EEUU, El Salvador y México— brotaba una inquietud singular.

El centro de una región cultural, —la mesoamericana que se extendía de México hacia Centroamérica— lo explicaría el margen. Para el caso, se investigaría la frontera sur de esta área, compuesta por el Pacífico guatemalteco, el occidente salvadoreños y el Pacífico nicaragüense. En esa geografía tropical se asentaban los parientes más lejanos de una familia de lenguas panamericana. Su nombre —lenguas yuto-nahuas— capturaba ambos extremos. Los idiomas de esta familia se extendían desde el suroeste de EEUU—del Aztlán mítico de los mexicas— al norte y centro de México, hasta El Salvador y Nicaragua.

En el istmo, las lenguas náhuatl-pipil y pipil-nicarao ofrecían un neto desafío al estudio más pormenorizado de las lenguas norteñas y de las variantes del náhuatl-mexicano al centro del altiplano. Este reto lo comprendió Schultze-Jena a cabalidad, quien en unos tres meses de intenso trabajo de campo transcribió más de cincuenta relatos en lengua náhuat-pipil. Sistematizar el material le llevó cinco años.

En 1935, en su país natal, publicó Indiana II. Mitos en la lengua materna de los pipiles de Izalco en El Salvador (Mythen in der Muttersprache der Pipil von Izalco in El Salvador). El texto se hallaba escrito en náhuat-pipil y alemán. Hasta la fecha no existe una traducción directa al español de los relatos náhuat-pipil, ya que la obra del olvido da cuenta de la memoria histórica salvadoreña.

Este compilación recopila el ciclo mitológico más completo en lengua náhuat-pipil. Brinda el ejemplo más complejo de una literatura en un idioma indígena nacional, el cual todos sus contemporáneos salvadoreños (Luis Gallegos Valdés, comprometidos, etc.) ignoraron, como el presente se jacta en desdeñarlo. Todo este desprecio radica tal vez en el deseo ferviente por no admitir otra modalidad de expresión salvadoreña que no sea la hispana y la occidental.

Los relatos desglosan una literatura, un pensamiento y una filosofía náhuat bastante peculiar. La “lengua materna de los pipiles” despliega una “ciencia de lo concreto”, la cual nos conduce de una codificación particular del mundo a la experiencia de lo vivido o, en sentido contrario, de la experiencia encarnada en el cuerpo humano se asciende a la abstracción del pensamiento filosófico.

El náhuat-pipil ofrece una aritmética que se aparta del sistema vigesimal (20, 400, 8000…) de las lenguas vecinas para convertir la mano con sus cinco “hijos” o dedos en la base de todo conteo. La primera idiosincrasia de una filosofía náhuat-pipil consiste en fundar un sistema quintesimal (5, 25, 125…), inédito incluso en el náhuatl-mexicano. La conversión de los dedos en número se acompaña de una red de símbolos que transforman lo concreto en abstracto.

Los dedos o maapipil —los “hijos de la mano”— se corresponden a cinco mazorcas que en su anhelo utópico atrapan una estrella distante, compuesta también en forma de pentágono. De lo que se mantiene como inmediato, la mano y sus retoños, el cuerpo humano se proyecta hacia la agricultura, la mazorca de maíz, hasta culminar en la astronomía, la estrella más distante.

Este simple ejemplo sirve de base para anotar la clave distintiva de una filosofía pipil. La abstracción aritmética —número cinco (5), maacuil, o “lo que se man-tiene”— y la astronómica —la estrella distante— se asientan en el cuerpo. Igualmente, una idea de la historia se arraiga en un órgano específico —el hígado, yel— como centro dinámico de lo que se recauda y dilapida. El juego de complementos opuestos entre memoria y olvido —inclusión y exclusión del pasado— se traduce en el “encuentro-entrañable (el-namiqui)” de los hechos históricos que se guardan con recelo y en la “perdida-entrañable (el-cahua)” de todos los otros hechos que se olvidan adrede o por negligencia.

Si esos dos rizomas corporales de la agricultura y astronomía, por una parte, y de la historia, por la otra, demuestran cómo lo humano se proyecta al mundo y al universo, hay que rastrear otras correspondencias semejantes. De lo concreto, de lo palpable y vivido, la filosofía náhuat-pipil se alzaría hacia la abstracción natural, sideral, pretérita y utópica.

La mayor experiencia mito-poética náhuat-pipil confirma la centralidad del concepto de cuerpo. Al joven se le ofrece una manera peculiar de iniciarse a la vida adulta y a los misterios religiosos. Debe explorar las entrañas de la tierra como un organismo vivo y palpitante. A su interior se penetra por cuevas u orificios que desde antaño guían el nacimiento y la muerte de lo existente.

Chicomóztoc las llaman al centro del altiplano cuyas siete cavernas se equivalen al igual número de aberturas en el cuerpo humano, de las superiores —los ojos, oídos, fosas nasales y boca— a las inferiores, la uretra o vulva y el ano. De esos huecos recónditos de la Tierra nace incluso Nextamalani —Venus, en su calidad de estrella matutina, la molendera de ceniza y tortilla. Desde una ciénaga barrosa , el lucero de la mañana se alza al vuelo para anunciar luminosa la llegada del nuevo día y la preparación del alimento cotidiano.

Así, el joven novicio náhuat-pipil anticiparía la experiencia mito-poética de Juan Rulfo al descender por las peligrosas grutas que de la epidermis de la Tierra lo conducen hacia su más recóndita entraña, a la más oscura. De ese sitio lúgubre rescataría los tesoros —las almas múltiples de las cosas que habitan el mundo terreno. Todo esa energía oculta de lo vivo, los seres que habitan el inframundo se la entregan a manera de regalo y don precioso.

De manera similar, en su jugueteo juvenil, una figura mítica de lo Uno y lo múltiple —del infinito matemático (n + 1) y del yagual en ADN que forman el Universo y Multiverso— los Tepehuas dispersan las aguas y reproducen la vegetación en prueba que la disemi-Nación exhibe el modelo de toda identidad social. En prueba también que lo más esencial y propio a la existencia humana se recibe como gracia y se comparte como materialidad de o común, de una comunalidad funda un mundo colectivo y múltiple.


Hay más ya que toda unidad (1), aún la más sencilla, se desdobla siempre hasta el infinito (n+1)…

1 comentario:

Deysi Alcalá dijo...

Donde consigo este libro?